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La imposibilidad de la incomunicación

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La nueva directora de comunicaciones de Ogilvy para Latinoamérica, Paula Córdova, comparte un escrito que analiza los problemas de la comunicación actual. Para pensar y reflexionar. 

Cambio, instantaneidad, velocidad, tiempo, tecnología, información y conocimiento son conceptos clave que, junto a otros, ayudaron a conformar una sólida red comunicacional global que transformó al mundo en un espacio no tan grande y muy diferente a como lo concebíamos hasta mediados del siglo XX.

La capacidad de cambio, que pretende no conocer límites, tiene repercusiones en todas las expresiones de la vida social: la de una persona, de un grupo, de las instituciones o de las organizaciones sociales. El sistema mundial actual se sustenta en un fuerte desarrollo tecnológico entendido como un “saber sistematizado referido al hacer” y en una dimensión temporal que privilegia la instantaneidad y la velocidad de respuesta.

La información abunda, circula y se vuelve un recurso imprescindible de competitividad. La cultura toda resultó afectada por este proceso imparable a partir del cual, para la década de los ‘70, surgió un nuevo elemento generador privilegiado de riqueza, una mercancía intangible: el pensamiento.

El hombre como actor transformador de la realidad, con las TIC en sus alforjas, se preparaba para enfrentar nuevos desafíos y lograr el control de su entorno, festejando la Era de la Información, según algunos, o la Era del Conocimiento según otros. Con todo, la convicción de que el principal imperativo de la economía moderna es el conocimiento y el proceso más importante de desarrollo económico es el aprendizaje se ha constituido en la base de sustentación de profundas transformaciones de la gestión organizacional.

En todo proceso de interrelación, la intensidad del diálogo –en cualquier modalidad en que este se despliegue- genera emociones y sentimientos en el sentido más elevado de los términos: claridad, sinrazón, euforia, perplejidad, un leve gesto… Y cada uno de estos modos de relación -con sus ilimitados matices- han inspirado testimonios filosóficos, sociológicos, literarios, psicológicos y científicos.

Comunicación y comportamiento van de la mano, son inseparables: así como no puedo no comportarme tampoco puedo no comunicar.   

“¿Te dije que mi problema de incomunicación es no poder incomunicarme?” decía una amiga a otra. Con la frase y haciendo gala del arte de la elocuencia nos persuade acerca de nuestra imposibilidad, en tanto humanos, de no comunicar, pero para comprender la dimensión de problema que representa para quien lo dice, deberemos atender a las actitudes, gestos que adopta para comunicar, es decir otros modos comunicacionales que nos ayudan a comprender o nos confunden acerca de la información que estamos recibiendo. Cuando lo que oímos no coincide con lo que vemos, ¿cómo interpretar la información recibida? La interpretación, una de las herramientas esenciales para el trabajo con los recursos culturales en nuestra actividad, a lo que agregamos la función de los intérpretes como gestores del comportamiento.

El intérprete conociendo el impacto que tiene su intervención en el servicio de comunicación que brinda, comprendiendo los roles del personal con el que colabora y  ampliando su capacitación más allá del proceso de comunicación interpretativa, participa en el diseño de programas para el logro de los objetivos de gestión y en la influencia del comportamiento.

Puede sonar extraño, pero en el panorama actual, el intérprete es un actor clave en el éxito de la gestión de una organización: la posibilidad de tener un Umberto Eco en cada negocio activo debe discutirse y evaluarse como un proyecto serio que debe abordarse.      

Por Paula Córdova

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